Yo soy uno de esos, o intermitentemente creo eso. Trato de ser así.
Cuando me convertí en padre, tuve un proceso muy largo y duro de convertirme en una mejor persona (no digo que lo he logrado), ese proceso continúa; también llegué a un nivel donde nuevas sensaciones y emociones llegaron a mi vida, y listo. Alcancé así a perdonar y entender el actuar de varios.
Pero aún así, es imposible evitar caer en un remolino incierto de sentimientos hacia alguien, que aunque nunca me hizo falta, siempre me intrigó su presencia, o su ausencia en este caso.
Me separé de lo que hasta ese momento era mi núcleo con la esperanza de que mi madre y hermanos vivan esa fantasía que es una familia funcional, un cuadro, una fotografía para las revistas, sin mí. Pensé que mi actitud era la que provocaba distancias, la que activaba discusiones y listo, todo estaba bien porque la inmensa figura paterna de mi abuelo me protegía (aún lo hace).
Pero incluso hoy, a mis 26 años de vida, no puedo evitar sentirme enojado por la decisión cobarde de esa persona de simplemente desvanecerse, partir, y borrarse de la foto, puedo llegar a odiar a alguien por su cobardía, no hay nada peor que en la vida que no llegar a materializarse, ser gas, ser nada.
Las familias se destruyen, fácil, rápido, espero que el dolor que hayas causado no sea permanente.
Y en el fondo me siento culpablemente aliviado que todo por fin haya terminado así.
(El caos, la destrucción son parte del progreso, siempre lo he sabido).


